Endurance: Shackleton’s Incredible Voyage

“From studying the outcome of past expeditions, he believed that those that burdened themselves with equipment to meet every contingency had fared much worse than those that had sacrificed total preparedness for speed.”

Imagination, one of the wheels of literature, is never absolute. It is, after all, taking place in/by a human, and thus bound to be a reflection of a particular mind. History, culture and future all go through a body before being splashed into the text. But maybe even more important, because of its immediacy, is the position of the writer itself: a man, sitting in front of a desk, struggling with his thoughts in active meditation. A body, essentially made to move and explore and attack, founds itself static, dominated by mind. The expression of that repressed desire is inevitable; there is hardly an inventio more spontaneous than travel and adventure; it is the desire of movement affecting the imagination.

Reading adventure is a pleasure for similar reasons, we are both calm and warm in our chairs (even better if it’s raining outside, as it makes us feel even safer), while also in some way experiencing movement, the new, discovery. It tickles both of our deep desires for safety and exploration at the same time. In the edge of that pleasurable contradiction we can spend hours, just as under the almost burning shower.

(Eventually books erode, and then El Quijote begins, and then Faust begins.)

But what if I told you that the story that you are reading actually took place? You can then leave behind all that heavy baggage that you carry when reading fiction—the goggles, the masks, the pikes—and travel even lighter. You will get less tired, there will be less things to worry about. All the fiction struggle would eventually seem so unnecessary, as just history itself, the acts of fellow humans, can fill and surpass our imagination. But only, if… the story is good.

And by Holy Probability!, you will struggle to find a story more impressive than Shackleton’s trip to Antartica.

Las ciudades invisibles

De entre mis sueños recurrentes, los que más encienden mi imaginación son aquellos que podrían llamarse arquitectónicos. Me encuentro a menudo envuelto en construcciones minimalistas, envolventes, por supuesto imposibles, proyecciones al mundo de la forma y el espacio de ideas o miedos fundamentales. Escaleras, ventanas, muros infinitos en ángulos imposibles, nada que no se pueda encontrar en el repertorio surrealista; lamentablemente no recuerdo si primero lo soñé o lo vi en aquellas pinturas o películas, mas no importa sino para la inapropiada causa de las causas.

El tedio de la rutina y Sísifo en las escaleras, a veces interrumpidas por abismos que crecen cuando intento saltarlos. Sobrios muros convergiendo en la fuga, cruzados por polígonos puntudos mutando como si vivieran en dimensiones superiores, que tanto me producen maravilla como un miedo arácnido, angular. Cuevas subterráneas, madrigueras proyectando la seguridad del hogar, por supuesto sin salida, claustrofóbicas. Y tantas otras, indescriptibles, y por ello olvidadas.

Las ciudades invisibles vive precisamente en ese espacio de tránsito donde la literatura me parece más poderosa, bajo el portal que otorga sustancia al sentimiento inefable. Calvino ataca en sentido inverso, armado de un lenguaje exquisito, buscando libremente en el espacio de las ideas y del sentir universal todo aquello que sea posible transmutar a la forma de la ciudad. El truco genial es su habilidad para mantenerse siempre en medio, sin caer hacia ningún lado, manejando con maestría circense el equilibrio de la ambigüedad. Construye así un inmenso jardín para la imaginación donde es posible dejar libres nuestras ideas, nuestras geometrías esenciales, incluso nuestra propia historia. Materializadas como cristales de humo es posible observar lo que intuimos en sueños, en viajes, en la similar soledad de la cama y el turista.

Suerte la mía, encontrarme este libro que logra materializar mis sueños favoritos. Volví a sentir como que leía a Borges por primera vez; más grande elogio literario no se me ocurre. Ahora por supuesto correré a leer más de este Calvino que hasta ahora era simplemente un nombre familiar. Les cuento.

(Comentarios sobre Las ciudades invisibles por Italo Calvino)